Recién operado de la rodilla, gastada por décadas de labrar el campo, los ojos del tío Miguel apenas si contenían las lágrimas mientras nos explicaba el porqué de la desaparición de las abejas, sus grandes compañeras durante sus últimos diez años de vida. El tío Miguel, hermano menor de mi abuelo, oriundo de La Capilla, Boyacá, rozará los 80 dentro de poco; su sonrisa calmada contrasta con una voz conmovida que habla de prácticas y oficios que, aunque parecieran de un ayer muy lejano, hacen parte de su día a día.

El tío reconoce dos problemáticas relacionadas con la desaparición de las abejas. Por un lado, hay un asunto técnico de malas prácticas agropecuarias; decía con voz entrecortada:

…porque todos los cultivos se fumigan con insecticidas y cuando las abejitas van allá y chocan y se mueren. Por eso es que se están acabando: por el uso indiscriminado de […] insecticidas.

En sus palabras, reconoce la responsabilidad del agricultor y del agrónomo en el buen manejo de los recursos que hacen parte de los agroecosistemas que trabajan. Sin embargo, sólo una persona como el tío, que convive con las abejas, que las cuida y las observa a diario, puede notar las altísimas tasas de mortandad que causa una incorrecta fumigación. Quizás por esta razón, la situación se escapa de la vista de quienes mayor impacto tienen sobre él.

Por otro lado, el tío encuentra una causa, quizás más fundamental, para la misma problemática:

…la otra es que hay personas que le tienen odio a las abejas […] ellas salen de la caja y se paran por ahí en una ramita [la gente huye e inmediatamente se escucha:] ¡Allí hay unas abejas! ¡Coja la máquina y fumigue esa plaga! […] Y así van y cogen el veneno y…

Así, sin haber entrado a un aula de clase a discutir acerca del concepto de especie carismática, de servicios ecosistémicos o incluso de diversidad, el tío Miguel, con sus más de siete décadas encima, le abría los ojos a su familia tal y como lo hace en el pueblo en que normalmente vive.

Esa noche hablamos de abejas, de microbioma, antibióticos, diversidad, etnobotánica, desarrollo sostenible…; yo, desde la academia que represento, y él desde la experiencia que carga encima. En él es clara una mezcla compleja de tradiciones y saberes populares que se han ido combinando con técnicas modernas y saberes científicos; mezcla que por extraña que parezca, él ha ido moldeando durante toda su vida y hoy porta con orgullo solemne.

Como conclusión, en las palabras del tío se ve el abandono de la academia hacia las situaciones reales de los colombianos. Sale de aquí una invitación a la reconciliación, a bajar la ciencia a los barrios, calles y veredas —porque ¿si no es para la gente, para qué (quién) es? Es allí, en el día a día, en que más podemos enseñar lo que sabemos y aprender lo que desconocemos. De allí la necesidad de participar en espacios como ECO–S.O.S.–CHISUA, en que la academia se encuentra (despojada de egos y pretensiones) con las demás personas; espacios que resultan provechosos para todas las partes, pues nos permiten crecer juntos.

¿Y yo? Juan. Un joven de mochila, prospecto de biólogo, estudiante de la Universidad Nacional de Colombia.